miércoles 25 de mayo de 2011

La revolución de la Puerta del Sol

Cualquiera que frecuente la Facultad de Políticas de la UCM se habrá sorprendido menos que el resto de los mortales, ante la comunión de buenismo al que estamos asistiendo en la Puerta del Sol. Se pueden reconocer las caras, los gestos, la puesta en escena, los ritos, el lenguaje y hasta el ambiente etéreo que se respira.
                En Somosaguas la “asamblea de Facultad” forma parte del paisaje. La máquina de fotocopias, la secretaría, el cajero automático y aquel sempiterno círculo de estudiantes, muy jóvenes, que sentados en el suelo se dedican a arreglar el mundo.
                Rara vez sobrepasan el número de cincuenta y deben representar, no menos de diez organizaciones políticas. Solo la fuerza de sus convicciones les debe alimentar para soportar la absoluta indiferencia del resto de la facultad.
                Después de años bordeando aquella sentada  para coger el ascensor, no se puede evitar escuchar algunas expresiones que pronuncia algún estudiante que toma la palabra, el capital, la banca, la sociedad, el neoliberalismo, el fascismo, la policía, Bolonia, la privatización, la derecha, la globalización, el imperialismo, la iglesia, etc.
                Cuando conoces a alguno de ellos y una vez comprobado su sentido del humor, en el ascensor le puedes preguntar ¿qué? ¿cómo va la revolución? Una sonrisa de complicidad lo soluciona todo. Sin olvidar al perro, alguien que, por lo visto “ama a los animales”, introduce en la facultad al mejor amigo del hombre, que se toma la confianza de vomitar y demás cosas donde le viene en gana. Ecologismo extremo, se podría decir.
                A veces se enfadan, eso sí, pero  después de votar la acción en asamblea. Recibieron a Rosa Díez al grito de “fascista”, gritaron a Josep Piqué aquello de ¿Cuántos son los beneficios de Vueling? e impidieron dar una conferencia a un profesor, que cometió el “error” de venir de una universidad de Israel. Todo parece indicar que la democracia horizontal, la democracia asamblearia tiene legitimación consustancial, como si no hubiera más ley que sus propios votos.
                Con más o menos matices este fue el germen que inició la “Spanish Revolution” de la Puerta del Sol. Faltaba el cura de Entrevías para dar el toque de color a la fiesta, aunque este último, era el único que estaba en su sitio natural, repartiendo amor y buenas intenciones.
                ¿Alguien se ha parado a pensar, de no celebrarse las elecciones municipales por medio, el tipo de realidad que estaban transmitiendo los medios de comunicación? Una vez más hay que desconfiar de aquellos que intentan una descalificación general de la democracia, aunque se ampare en las mejores intenciones.  No existe la democracia perfecta pero tampoco todo lo contrario.
                Y respecto a la revolución, una empresa de telecomunicaciones, con una rapidez inusitada, publicita ya un anuncio que dice “La verdadera revolución es cambiar de compañía de móvil”

martes 11 de enero de 2011

LOS HOMBRES PÓSTUMOS

Cuando Massimo Cacciari quiso hablarnos de “la cultura vienesa del primer novecientos” lo hizo utilizando la expresión “hombres póstumos”. En efecto, la labor de aquellos intelectuales coincide con los últimos tiempos de un imperio imposible. Ni la cultura, ni el refinamiento, son armas suficientes para enfrentarse con la historia. Aquella Kakania de Robert Musil no supo interpretar como epitafio, toda la vida artística que se expandía a su alrededor.
Sin embargo, existen ejemplos para  poder afirmar, sin necesidad de creer, ni en la ciencia, ni en la historia,  que  a todo momento de decadencia política le corresponde, casi siempre, un resurgir de la cultura y de las ideas. Pareciera como si las sociedades tuvieran que acabar exhaustas de ortodoxia para dejar paso a todo lo nuevo que se pueda construir sobre las cenizas de su destrucción.
El final de la Polis coincide con la aportación de Platón y Aristóteles de toda la base filosófica  que perdura hasta nuestros días. Sus críticas del declive de las ciudades estado cimentan y cohesionan el futuro del pensamiento.
En el ocaso del Imperio de Occidente aparece San Agustín. El Obispo de Hipona relativiza la doctrina cristiana lo suficiente como para combatir el milenarismo imperante y diseñar, por primera vez, un sistema filosófico completo. El pecado había hecho necesario el empleo de la fuerza por los gobiernos,  y ésta, era el remedio divino de los pecados. Sobre las ruinas de Roma, asolada por Alarico en el año 410, San Agustín de la mano de su “De civitate Dei”, sienta las bases de todo el poder político de la Edad Media.
Al final de esta, diez siglos más tarde, Lorenzo Ghiberti gana, en el año 1424, el concurso organizado por la ciudad de Florencia para decorar las segundas puertas del baptisterio de la catedral de la ciudad. El resultado provocó tal impacto, que el mismo Miguel Angel bautizó aquel trabajo por el nombre que perdura hasta nuestros días “las puertas del paraíso”. Nace, de este modo, la idea del artista como innovador. La expansión de esta nueva actitud fue tan desmedida  que, en el año 1550, Giorgio Vasari pudo publicar una primera enciclopedia del arte que tituló “Le vite de' più eccellenti pittori, scultori e architettori”. En esta obra el autor acuña, por primera vez el término “rinascita” aludiendo a un enfrentamiento vital contra el mundo anterior que califica de mundo de bárbaros e incluso “gótico”. Pocos pudieron imaginar que, para bien o para mal, aquel umbral abría el mundo hacia la modernidad.
Cuando en su obra, Vasari nos habla de Donatello y Brunelleschi, lo hace describiendo un viaje de ambos a Roma en el que descubren, con sus propias manos, los capiteles enterrados para impregnarse del arte de la antigüedad. Casi al mismo tiempo que los turcos otomanos conquistaban en 1453 Constantinopla, la segunda Roma, como por un azar del destino,  la primera, se ofrecía otra vez entre sus ruinas para servir de guía para la posteridad.
En España encontramos, al menos, dos ejemplos del razonamiento sostenido hasta ahora. Por un lado, en el siglo XVII, coincidiendo con el final de la dinastía de los austrias y con nuestra primera decadencia, se manifiesta nuestro siglo de oro de las letras y las artes. Por otro, al final del siglo XIX la generación del 98 se alza para tomar conciencia de la situación del país y aportar ideas para reconducirlo hacia una regeneración política y cultural.
Si todo esto fuera mínimamente cierto, a fuerza de buscar un hilo de esperanza, en la actual crisis que percibimos se estaría gestando un camino, que posiblemente no alcanzamos ni a intuir, ni a comprender. Quizá, con un poco de suerte, sólo nos quede, cómo Nietzsche en la Gaya Ciencia, gritar aquello de ¡oh, muy vivos! ¡Nosotros, los hombres póstumos!

sábado 3 de mayo de 2008

El capitalismo y la libertad

(Resumen)
Muchas veces, escuchamos voces que proclaman nuestra suerte por haber nacido en el mundo occidental al comparar nuestro bienestar con el de otras partes del mundo.
Sin embargo, conviene precisar que este estado de cosas no ha sido ni gratis, ni mucho menos fácil. A lo largo de nuestra historia, el espíritu innovador y empresarial ha tenido que demoler muros tan altos y consistentes como los que, hoy en día, atenazan al tercer mundo.
El proceso de asentamiento y desarrollo de la libertad individual como fuerza motriz de la historia, que es en definitiva el espíritu del capitalismo, ha devenido en muchos casos en movimientos emancipadores, cuando no revolucionarios a lo largo de su consolidación histórica.
El siglo XII, segundo Renacimiento de Occidente según Jacques Le Goff, nos muestra los primeros pasos de este camino imparable. La desaparición de la esclavitud, en el sentido antiguo de la palabra, y su sustitución por la servidumbre, contribuyeron a hacer la sociedad, por primera vez en mucho tiempo, más flexible. Esta nueva condición social se fue, poco a poco, liberando de sus deberes feudales hasta romper los moldes de la sociedad feudal. Los señores, laicos o eclesiásticos, para dar mayor valor a sus tierras, se ven obligados a conceder, cada vez, mejores condiciones a sus siervos. De esta forma la servidumbre, al contrario que la esclavitud, deja de ser una condición inmutable, dando lugar a la desaparición de la homogeneidad de las clases rurales. Esto, junto a las diferentes condiciones económicas a que están sometidos, hace salir de sus cuadros a muchos individuos, que por su esfuerzo o valía, tienen suficiente riqueza o capacidad emprendedora como para poder penetrar en las filas de clases superiores.
Es, sin embargo, la vida urbana la que va a ofrecer las primeras manifestaciones del capitalismo en la Edad Media, al menos en su forma puramente comercial. Los cruzados, al abrir el Oriente, dieron una oportunidad a los mercaderes italianos, lo cual provocó la acumulación de capital y el desarrollo de la repúblicas italianas. Había nacido el capitalismo financiero, verdadero catalizador de la vida económica, política y social, y lo que es más importante señaló el final de Edad Media y su organización social.
Con todo, los progresos logrados en materia de operaciones comerciales no constituyen el único motivo de la expansión del capitalismo, hubo en el siglo XVI otro fenómeno de primera importancia, la enorme influencia de metales preciosos, de oro y plata, llegados con los nuevos descubrimientos territoriales.
La propia dinámica económica desplaza el centro financiero en Europa de Florencia y Venecia a los Paises Bajos, ciudades como Amberes recogieron el legado marítimo y la herencia colonial, sobretodo de Portugal, hasta convertir a Holanda en la mayor potencia financiera de Europa. Contribuyeron a ello dos instituciones de fundamental importancia, la Compañía de las Indias Orientales y el Banco de Amsterdam. Es decir, una Empresa y un Banco.
Hay que tener en cuenta, además, la aparición de la reforma religiosa, sobre todo la calvinista, que contribuyó de modo decisivo al desarrollo del capitalismo, y a la aparición de una nueva concepción capitalista de la vida. La nueva religión resolvía el problema insalvable del tratamiento pecaminoso que la religión católica daba el interés del dinero prestado. La doctrina calvinista no establecía jerarquías entre lo espiritual y lo temporal, consideraba digno de elogio cualquier profesión, y veía, por tanto, como legítima la adquisición de riquezas. La nueva clase emergente, los propietarios, aquellos que habían decidido arriesgar para mejorar, vieron en estas teorías, en unos casos la solución a sus problemas de conciencia enfrentados con su fe católica y en otros la justificación de una situación de hecho y ya para ellos imparable.
Autores como Max Weber en su libro “La ética protestante y el espíritu del capitalismo” y Troeltsch en “Die sozialen Lehren der christlichen Kirchen und Gruppen” (Las teorías sociales de la Iglesia y de los grupos cristianos) llegaron a defender una auténtica simbiosis entre causa y efecto, es decir, entre la reforma protestante y el desarrollo del capitalismo.
Las nuevas ideas morales se convirtieron en virtudes económicas. La sencillez de la vida permitía la acumulación de riqueza y el nuevo individualismo fomentaba la independencia de espíritu. Estaban sentadas las bases, por un lado del capitalismo moderno y por otro de una necesidad de libertad que chocaría frontalmente con el poder absoluto establecido, estaba naciendo la Revolución Liberal.
El siglo XVII se convirtió en el siglo de las ideas liberales. Todas ellas encaminadas a corresponder con poder político a una burguesía que reclamaba un papel en el mismo, acorde con el esfuerzo económico y personal que estaba realizando. Dicho de otro modo, los nuevos propietarios contra el poder de los monarcas absolutos. Anticipándose a Montesquieu, sería John Locke quien postularía una Monarquía al servicio de una mayoría. Propone que la soberanía emana del pueblo, que la propiedad privada es el derecho básico, anterior a la constitución de los estados, y que el Estado tiene como misión principal proteger ese derecho, así como las libertades individuales de los ciudadanos.
Como consecuencia de estas ideas o como forma de legitimación de las mismas, se produce en Inglaterra la Gloriosa Revolución de 1688, la clase propietaria emergente desde la baja Edad Media, empezaba a convertirse sujeto activo de su historia. Acorde con todo esto en 1694 ocurre un hecho muy significativo y de enorme relevancia para la evolución del capitalismo inglés, la fundación de un banco de estado, del Banco de Inglaterra, cuya creación vino a consolidar el crédito de gobierno que surgió de la revolución.
Derechos inalienables, gobierno por consenso, separación de poderes, el derecho de revolución, fueron las ideas esenciales de la Gloriosa Revolución. Estas fueron las ideas que parecieron en sí verdades evidentes para los norteamericanos en 1776 y para los franceses en 1789 y que crearon un nexo entre las revoluciones inglesa, norteamericana y francesa.
Con el tiempo los comerciantes-empresarios se esforzaron para aumentar sus utilidades buscando el control en la industria rural y doméstica. La concentración industrial y la aparición de las sociedades por acciones supone el comienzo del capitalismo industrial. La victoria final requeriría el perfeccionamiento de la organización del crédito y la banca, así como la transformación de los medios de comunicación y la aparición de la máquina de vapor.
En qué medida la economía o las ideas han tejido los hilos de la historia, seguirá alimentando un debate inacabado.

martes 4 de diciembre de 2007

“La Bestia”

En toda sociedad se oculta larvada, latente y silenciosa una bestia amenazante que nadie debería tener la tentación de despertar jamás. Es consustancial a nosotros mismos, se alimenta con nuestros instintos más bajos y nuestros peores pensamientos.

La bestia no conoce más reglas que el terror y la violencia. No utiliza más razonamiento que la sinrazón. A veces, puede aparecer revestida de intereses políticos, religiosos, económicos e incluso humanitarios. Da igual, siempre termina alimentada de muerte y exterminio, sin más futuro que la simple resistencia.

Pobre de aquel político que intente, por un instante, aprovecharse de ella en su favor. La bestia lo devorará, sucumbirá ante ella como un castillo de papel, no quedará ni su recuerdo. Azaña aprendió muy tarde esta lección, el día que la República no aplicó la ley en los primeros conatos de violencia indiscriminada y caprichosa estaba cavando la tumba de aquella incipiente democracia.

Hay veces que los Gobiernos tienen la tentación de generarla. La Alemania Nazi creó, financió y utilizó la suya propia, y tuvo que arrancarla de raíz en la noche de los cuchillos largos. Ya todo estaba perdido, cuando un Estado lucha contra la bestia con sus mismas armas, cuando contra el terror se emplea más terror, el estigma se instala en el sistema para siempre.

Otras veces la bestia triunfa, entonces cuando ha acabado con todos sus enemigos se devora a sí misma en una inevitable orgía de sangre y desesperación. Es la peor situación, se instala en el propio Estado convirtiendo a este en una máquina infernal de odio, cárcel y muerte. Recuerdo aquí sólo de pasada los diez millones de muertos de la Rusia estalinista o los fusilamientos de todo aquel camboyano que utilizara gafas por ser un signo capitalista, es lo que se ha venido ha llamar el auto-genocidio de la Camboya de Pol Pot, que costó un millón y medio de muertos en una población de siete millones.

Nuestra democracia tiene su propia bestia, se reviste con piel de nacionalismo para engañar única y exclusivamente a aquellos que se quieren engañar, se autoproclama liberador de un pueblo que no le vota, se alimenta de odio y victimismo a la hora del desayuno, servidos por las mismas madres que luego atravesarán toda España para ver a sus hijos entre rejas entregando lo mejor de sus vidas. Nuestra bestia no tiene dirección política, si hubieran liberado a Miguel Angel Blanco cuando toda España era un clamor, por primera vez, hubieran puesto al Estado en una situación delicada, pero la bestia carece de inteligencia. Por algo es una cualidad humana.

Que nadie caiga en la tentación de buscar una solución mágica, porque a estas alturas no existe ninguna, salvo “honrar a los muertos y aguantar”. Las instituciones, y tanto el gobierno como la oposición lo son, “sólo” deben hacer cumplir la ley y acelerar el rearme moral suficiente de la sociedad española para transmitir a la bestia el mensaje de que para ganar nos debería matar a todos, y que estamos dispuestos a ello.

Sólo esta actitud convencerá a estos iluminados, por muy descerebrados que sean, que siempre será mayor el sacrificio que piden a los suyos que lo que nosotros estamos dispuestos a soportar.

Sólo así la bestia se aislará, se debilitará, se irá ahogando en su propia sangre y entonces……ya se verá.

domingo 21 de octubre de 2007

El día que Ingmar Bergman me salvó la vida

Hay veces que las cosas pasan poco a poco, despacio, sin darte cuenta, tienes que volver la mirada muy atrás para contestarte la pregunta de siempre ¿ Cómo he llegado hasta aquí?
Pero hay otras que suceden en un momento que ya nunca olvidas. Te cuelgas encima un antes y un después.
Esto mismo me pasó con Ingmar Bergman. La cultura progre de los 70, parecida a la de ahora, tenía su vida propia y nada escapaba al azar. La música, el cine, la literatura, el lenguaje, todo tenía que tener una explicación social, bastaba seguir un guión simple y facilón para salir adelante en cualquier reunión de gente que casi siempre arrastraba un aire triste y pesimista.
Aquella noche "había" que ver Gritos y Susurros, en cualquier momento alguien hablaría de su "discurso fílmico" y cualquiera te podría increpar con la pregunta terrible, pero ¿aún no la has visto?
Mi acompañante y yo aguantábamos como podíamos los paseos de las hermanas Karin, María y Agnes que intentaban convencernos del sufrimiento inevitable de la condición humana. De vez en cuando miraba a mi alrededor, intentando averiguar si a los demás les pasaba lo mismo que a mí. Me aburría.
En una escena de la película, Kary Sylwan se introduce unos cristales rotos en la vagina, para por la noche, a la vista de su marido, restregarse la mano ensangrentada por la cara y de paso, despertar en aquel hombre una repulsión semejante a la que sentía por ella misma. Y ....
Hasta aquí llegamos. Mi acompañante y yo, sin ponernos de acuerdo previamente, sin siquiera mirarnos el uno al otro, nos levantamos y avanzamos por aquel pasillo que nos parecía interminable.
Reconozco que la primera bocanada de aire fresco que te da en la cara cuando sales a la calle es ,para mí, lo mejor de ir al cine. Pero aquel día el aire olía distinto, incluso la gente me pareció diferente, incluso yo no me reconocía, era simplemente la libertad.