martes, 4 de diciembre de 2007

“La Bestia”

En toda sociedad se oculta larvada, latente y silenciosa una bestia amenazante que nadie debería tener la tentación de despertar jamás. Es consustancial a nosotros mismos, se alimenta con nuestros instintos más bajos y nuestros peores pensamientos.

La bestia no conoce más reglas que el terror y la violencia. No utiliza más razonamiento que la sinrazón. A veces, puede aparecer revestida de intereses políticos, religiosos, económicos e incluso humanitarios. Da igual, siempre termina alimentada de muerte y exterminio, sin más futuro que la simple resistencia.

Pobre de aquel político que intente, por un instante, aprovecharse de ella en su favor. La bestia lo devorará, sucumbirá ante ella como un castillo de papel, no quedará ni su recuerdo. Azaña aprendió muy tarde esta lección, el día que la República no aplicó la ley en los primeros conatos de violencia indiscriminada y caprichosa estaba cavando la tumba de aquella incipiente democracia.

Hay veces que los Gobiernos tienen la tentación de generarla. La Alemania Nazi creó, financió y utilizó la suya propia, y tuvo que arrancarla de raíz en la noche de los cuchillos largos. Ya todo estaba perdido, cuando un Estado lucha contra la bestia con sus mismas armas, cuando contra el terror se emplea más terror, el estigma se instala en el sistema para siempre.

Otras veces la bestia triunfa, entonces cuando ha acabado con todos sus enemigos se devora a sí misma en una inevitable orgía de sangre y desesperación. Es la peor situación, se instala en el propio Estado convirtiendo a este en una máquina infernal de odio, cárcel y muerte. Recuerdo aquí sólo de pasada los diez millones de muertos de la Rusia estalinista o los fusilamientos de todo aquel camboyano que utilizara gafas por ser un signo capitalista, es lo que se ha venido ha llamar el auto-genocidio de la Camboya de Pol Pot, que costó un millón y medio de muertos en una población de siete millones.

Nuestra democracia tiene su propia bestia, se reviste con piel de nacionalismo para engañar única y exclusivamente a aquellos que se quieren engañar, se autoproclama liberador de un pueblo que no le vota, se alimenta de odio y victimismo a la hora del desayuno, servidos por las mismas madres que luego atravesarán toda España para ver a sus hijos entre rejas entregando lo mejor de sus vidas. Nuestra bestia no tiene dirección política, si hubieran liberado a Miguel Angel Blanco cuando toda España era un clamor, por primera vez, hubieran puesto al Estado en una situación delicada, pero la bestia carece de inteligencia. Por algo es una cualidad humana.

Que nadie caiga en la tentación de buscar una solución mágica, porque a estas alturas no existe ninguna, salvo “honrar a los muertos y aguantar”. Las instituciones, y tanto el gobierno como la oposición lo son, “sólo” deben hacer cumplir la ley y acelerar el rearme moral suficiente de la sociedad española para transmitir a la bestia el mensaje de que para ganar nos debería matar a todos, y que estamos dispuestos a ello.

Sólo esta actitud convencerá a estos iluminados, por muy descerebrados que sean, que siempre será mayor el sacrificio que piden a los suyos que lo que nosotros estamos dispuestos a soportar.

Sólo así la bestia se aislará, se debilitará, se irá ahogando en su propia sangre y entonces……ya se verá.

domingo, 21 de octubre de 2007

El día que Ingmar Bergman me salvó la vida

Hay veces que las cosas pasan poco a poco, despacio, sin darte cuenta, tienes que volver la mirada muy atrás para contestarte la pregunta de siempre ¿ Cómo he llegado hasta aquí?
Pero hay otras que suceden en un momento que ya nunca olvidas. Te cuelgas encima un antes y un después.
Esto mismo me pasó con Ingmar Bergman. La cultura progre de los 70, parecida a la de ahora, tenía su vida propia y nada escapaba al azar. La música, el cine, la literatura, el lenguaje, todo tenía que tener una explicación social, bastaba seguir un guión simple y facilón para salir adelante en cualquier reunión de gente que casi siempre arrastraba un aire triste y pesimista.
Aquella noche "había" que ver Gritos y Susurros, en cualquier momento alguien hablaría de su "discurso fílmico" y cualquiera te podría increpar con la pregunta terrible, pero ¿aún no la has visto?
Mi acompañante y yo aguantábamos como podíamos los paseos de las hermanas Karin, María y Agnes que intentaban convencernos del sufrimiento inevitable de la condición humana. De vez en cuando miraba a mi alrededor, intentando averiguar si a los demás les pasaba lo mismo que a mí. Me aburría.
En una escena de la película, Kary Sylwan se introduce unos cristales rotos en la vagina, para por la noche, a la vista de su marido, restregarse la mano ensangrentada por la cara y de paso, despertar en aquel hombre una repulsión semejante a la que sentía por ella misma. Y ....
Hasta aquí llegamos. Mi acompañante y yo, sin ponernos de acuerdo previamente, sin siquiera mirarnos el uno al otro, nos levantamos y avanzamos por aquel pasillo que nos parecía interminable.
Reconozco que la primera bocanada de aire fresco que te da en la cara cuando sales a la calle es ,para mí, lo mejor de ir al cine. Pero aquel día el aire olía distinto, incluso la gente me pareció diferente, incluso yo no me reconocía, era simplemente la libertad.