Hay veces que las cosas pasan poco a poco, despacio, sin darte cuenta, tienes que volver la mirada muy atrás para contestarte la pregunta de siempre ¿ Cómo he llegado hasta aquí?
Pero hay otras que suceden en un momento que ya nunca olvidas. Te cuelgas encima un antes y un después.
Esto mismo me pasó con Ingmar Bergman. La cultura progre de los 70, parecida a la de ahora, tenía su vida propia y nada escapaba al azar. La música, el cine, la literatura, el lenguaje, todo tenía que tener una explicación social, bastaba seguir un guión simple y facilón para salir adelante en cualquier reunión de gente que casi siempre arrastraba un aire triste y pesimista.
Aquella noche "había" que ver Gritos y Susurros, en cualquier momento alguien hablaría de su "discurso fílmico" y cualquiera te podría increpar con la pregunta terrible, pero ¿aún no la has visto?
Mi acompañante y yo aguantábamos como podíamos los paseos de las hermanas Karin, María y Agnes que intentaban convencernos del sufrimiento inevitable de la condición humana. De vez en cuando miraba a mi alrededor, intentando averiguar si a los demás les pasaba lo mismo que a mí. Me aburría.
En una escena de la película, Kary Sylwan se introduce unos cristales rotos en la vagina, para por la noche, a la vista de su marido, restregarse la mano ensangrentada por la cara y de paso, despertar en aquel hombre una repulsión semejante a la que sentía por ella misma. Y ....
Hasta aquí llegamos. Mi acompañante y yo, sin ponernos de acuerdo previamente, sin siquiera mirarnos el uno al otro, nos levantamos y avanzamos por aquel pasillo que nos parecía interminable.
Reconozco que la primera bocanada de aire fresco que te da en la cara cuando sales a la calle es ,para mí, lo mejor de ir al cine. Pero aquel día el aire olía distinto, incluso la gente me pareció diferente, incluso yo no me reconocía, era simplemente la libertad.