sábado, 3 de mayo de 2008

El capitalismo y la libertad

(Resumen)
Muchas veces, escuchamos voces que proclaman nuestra suerte por haber nacido en el mundo occidental al comparar nuestro bienestar con el de otras partes del mundo.
Sin embargo, conviene precisar que este estado de cosas no ha sido ni gratis, ni mucho menos fácil. A lo largo de nuestra historia, el espíritu innovador y empresarial ha tenido que demoler muros tan altos y consistentes como los que, hoy en día, atenazan al tercer mundo.
El proceso de asentamiento y desarrollo de la libertad individual como fuerza motriz de la historia, que es en definitiva el espíritu del capitalismo, ha devenido en muchos casos en movimientos emancipadores, cuando no revolucionarios a lo largo de su consolidación histórica.
El siglo XII, segundo Renacimiento de Occidente según Jacques Le Goff, nos muestra los primeros pasos de este camino imparable. La desaparición de la esclavitud, en el sentido antiguo de la palabra, y su sustitución por la servidumbre, contribuyeron a hacer la sociedad, por primera vez en mucho tiempo, más flexible. Esta nueva condición social se fue, poco a poco, liberando de sus deberes feudales hasta romper los moldes de la sociedad feudal. Los señores, laicos o eclesiásticos, para dar mayor valor a sus tierras, se ven obligados a conceder, cada vez, mejores condiciones a sus siervos. De esta forma la servidumbre, al contrario que la esclavitud, deja de ser una condición inmutable, dando lugar a la desaparición de la homogeneidad de las clases rurales. Esto, junto a las diferentes condiciones económicas a que están sometidos, hace salir de sus cuadros a muchos individuos, que por su esfuerzo o valía, tienen suficiente riqueza o capacidad emprendedora como para poder penetrar en las filas de clases superiores.
Es, sin embargo, la vida urbana la que va a ofrecer las primeras manifestaciones del capitalismo en la Edad Media, al menos en su forma puramente comercial. Los cruzados, al abrir el Oriente, dieron una oportunidad a los mercaderes italianos, lo cual provocó la acumulación de capital y el desarrollo de la repúblicas italianas. Había nacido el capitalismo financiero, verdadero catalizador de la vida económica, política y social, y lo que es más importante señaló el final de Edad Media y su organización social.
Con todo, los progresos logrados en materia de operaciones comerciales no constituyen el único motivo de la expansión del capitalismo, hubo en el siglo XVI otro fenómeno de primera importancia, la enorme influencia de metales preciosos, de oro y plata, llegados con los nuevos descubrimientos territoriales.
La propia dinámica económica desplaza el centro financiero en Europa de Florencia y Venecia a los Paises Bajos, ciudades como Amberes recogieron el legado marítimo y la herencia colonial, sobretodo de Portugal, hasta convertir a Holanda en la mayor potencia financiera de Europa. Contribuyeron a ello dos instituciones de fundamental importancia, la Compañía de las Indias Orientales y el Banco de Amsterdam. Es decir, una Empresa y un Banco.
Hay que tener en cuenta, además, la aparición de la reforma religiosa, sobre todo la calvinista, que contribuyó de modo decisivo al desarrollo del capitalismo, y a la aparición de una nueva concepción capitalista de la vida. La nueva religión resolvía el problema insalvable del tratamiento pecaminoso que la religión católica daba el interés del dinero prestado. La doctrina calvinista no establecía jerarquías entre lo espiritual y lo temporal, consideraba digno de elogio cualquier profesión, y veía, por tanto, como legítima la adquisición de riquezas. La nueva clase emergente, los propietarios, aquellos que habían decidido arriesgar para mejorar, vieron en estas teorías, en unos casos la solución a sus problemas de conciencia enfrentados con su fe católica y en otros la justificación de una situación de hecho y ya para ellos imparable.
Autores como Max Weber en su libro “La ética protestante y el espíritu del capitalismo” y Troeltsch en “Die sozialen Lehren der christlichen Kirchen und Gruppen” (Las teorías sociales de la Iglesia y de los grupos cristianos) llegaron a defender una auténtica simbiosis entre causa y efecto, es decir, entre la reforma protestante y el desarrollo del capitalismo.
Las nuevas ideas morales se convirtieron en virtudes económicas. La sencillez de la vida permitía la acumulación de riqueza y el nuevo individualismo fomentaba la independencia de espíritu. Estaban sentadas las bases, por un lado del capitalismo moderno y por otro de una necesidad de libertad que chocaría frontalmente con el poder absoluto establecido, estaba naciendo la Revolución Liberal.
El siglo XVII se convirtió en el siglo de las ideas liberales. Todas ellas encaminadas a corresponder con poder político a una burguesía que reclamaba un papel en el mismo, acorde con el esfuerzo económico y personal que estaba realizando. Dicho de otro modo, los nuevos propietarios contra el poder de los monarcas absolutos. Anticipándose a Montesquieu, sería John Locke quien postularía una Monarquía al servicio de una mayoría. Propone que la soberanía emana del pueblo, que la propiedad privada es el derecho básico, anterior a la constitución de los estados, y que el Estado tiene como misión principal proteger ese derecho, así como las libertades individuales de los ciudadanos.
Como consecuencia de estas ideas o como forma de legitimación de las mismas, se produce en Inglaterra la Gloriosa Revolución de 1688, la clase propietaria emergente desde la baja Edad Media, empezaba a convertirse sujeto activo de su historia. Acorde con todo esto en 1694 ocurre un hecho muy significativo y de enorme relevancia para la evolución del capitalismo inglés, la fundación de un banco de estado, del Banco de Inglaterra, cuya creación vino a consolidar el crédito de gobierno que surgió de la revolución.
Derechos inalienables, gobierno por consenso, separación de poderes, el derecho de revolución, fueron las ideas esenciales de la Gloriosa Revolución. Estas fueron las ideas que parecieron en sí verdades evidentes para los norteamericanos en 1776 y para los franceses en 1789 y que crearon un nexo entre las revoluciones inglesa, norteamericana y francesa.
Con el tiempo los comerciantes-empresarios se esforzaron para aumentar sus utilidades buscando el control en la industria rural y doméstica. La concentración industrial y la aparición de las sociedades por acciones supone el comienzo del capitalismo industrial. La victoria final requeriría el perfeccionamiento de la organización del crédito y la banca, así como la transformación de los medios de comunicación y la aparición de la máquina de vapor.
En qué medida la economía o las ideas han tejido los hilos de la historia, seguirá alimentando un debate inacabado.