Cualquiera que frecuente la Facultad de Políticas de la UCM se habrá sorprendido menos que el resto de los mortales, ante la comunión de buenismo al que estamos asistiendo en la Puerta del Sol. Se pueden reconocer las caras, los gestos, la puesta en escena, los ritos, el lenguaje y hasta el ambiente etéreo que se respira.
En Somosaguas la “asamblea de Facultad” forma parte del paisaje. La máquina de fotocopias, la secretaría, el cajero automático y aquel sempiterno círculo de estudiantes, muy jóvenes, que sentados en el suelo se dedican a arreglar el mundo.
Rara vez sobrepasan el número de cincuenta y deben representar, no menos de diez organizaciones políticas. Solo la fuerza de sus convicciones les debe alimentar para soportar la absoluta indiferencia del resto de la facultad.
Después de años bordeando aquella sentada para coger el ascensor, no se puede evitar escuchar algunas expresiones que pronuncia algún estudiante que toma la palabra, el capital, la banca, la sociedad, el neoliberalismo, el fascismo, la policía, Bolonia, la privatización, la derecha, la globalización, el imperialismo, la iglesia, etc.
Cuando conoces a alguno de ellos y una vez comprobado su sentido del humor, en el ascensor le puedes preguntar ¿qué? ¿cómo va la revolución? Una sonrisa de complicidad lo soluciona todo. Sin olvidar al perro, alguien que, por lo visto “ama a los animales”, introduce en la facultad al mejor amigo del hombre, que se toma la confianza de vomitar y demás cosas donde le viene en gana. Ecologismo extremo, se podría decir.
A veces se enfadan, eso sí, pero después de votar la acción en asamblea. Recibieron a Rosa Díez al grito de “fascista”, gritaron a Josep Piqué aquello de ¿Cuántos son los beneficios de Vueling? e impidieron dar una conferencia a un profesor, que cometió el “error” de venir de una universidad de Israel. Todo parece indicar que la democracia horizontal, la democracia asamblearia tiene legitimación consustancial, como si no hubiera más ley que sus propios votos.
Con más o menos matices este fue el germen que inició la “Spanish Revolution” de la Puerta del Sol. Faltaba el cura de Entrevías para dar el toque de color a la fiesta, aunque este último, era el único que estaba en su sitio natural, repartiendo amor y buenas intenciones.
¿Alguien se ha parado a pensar, de no celebrarse las elecciones municipales por medio, el tipo de realidad que estaban transmitiendo los medios de comunicación? Una vez más hay que desconfiar de aquellos que intentan una descalificación general de la democracia, aunque se ampare en las mejores intenciones. No existe la democracia perfecta pero tampoco todo lo contrario.
Y respecto a la revolución, una empresa de telecomunicaciones, con una rapidez inusitada, publicita ya un anuncio que dice “La verdadera revolución es cambiar de compañía de móvil”
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