Cuando Massimo Cacciari quiso hablarnos de “la cultura vienesa del primer novecientos” lo hizo utilizando la expresión “hombres póstumos”. En efecto, la labor de aquellos intelectuales coincide con los últimos tiempos de un imperio imposible. Ni la cultura ni el refinamiento son armas suficientes para enfrentarse con la historia. Aquella Kakania de Robert Musil no supo interpretar como epitafio toda la vida artística que se expandía a su alrededor.
Sin embargo, existen ejemplos para poder afirmar, sin necesidad de creer, ni en la ciencia, ni en la historia, que a todo momento de decadencia política le corresponde, casi siempre, un resurgir de la cultura y de las ideas. Pareciera como si las sociedades tuvieran que acabar exhaustas de ortodoxia para dejar paso a todo lo nuevo que se pueda construir sobre las cenizas de su destrucción.
El final de la Polis coincide con la aportación de Platón y Aristóteles de toda la base filosófica que perdura hasta nuestros días. Sus críticas del declive de las ciudades-estado cimentan y cohesionan el futuro del pensamiento.
En el ocaso del Imperio de Occidente aparece San Agustín. El Obispo de Hipona relativiza la doctrina cristiana lo suficiente como para combatir el milenarismo imperante y diseñar, por primera vez, un sistema filosófico completo. El pecado había hecho necesario el empleo de la fuerza por los gobiernos, y ésta era el remedio divino de los pecados. Sobre las ruinas de Roma, asolada por Alarico en el año 410, San Agustín de la mano de su “De civitate Dei”, sienta las bases de todo el poder político de la Edad Media.
Al final de esta, diez siglos más tarde, Lorenzo Ghiberti gana, en el año 1424, el concurso organizado por la ciudad de Florencia para decorar las segundas puertas del baptisterio de la catedral de la ciudad. El resultado provocó tal impacto, que el mismo Miguel Angel bautizó aquel trabajo por el nombre que perdura hasta nuestros días “las puertas del paraíso”. Nace, de este modo, la idea del artista como innovador. La expansión de esta nueva actitud fue tan desmedida que, en el año 1550, Giorgio Vasari pudo publicar una primera enciclopedia del arte que tituló “Le vite de' più eccellenti pittori, scultori e architettori”. En esta obra, el autor acuña, por primera vez el término “rinascita,” aludiendo a un enfrentamiento vital contra el mundo anterior que califica de mundo de bárbaros e incluso “gótico”. Pocos pudieron imaginar que, para bien o para mal, aquel umbral abría el mundo hacia la modernidad.
Cuando en su obra Vasari nos habla de Donatello y Brunelleschi, lo hace describiendo un viaje de ambos a Roma en el que descubren, con sus propias manos, los capiteles enterrados para impregnarse del arte de la antigüedad. Casi al mismo tiempo que los turcos otomanos conquistaban en 1453 Constantinopla, la segunda Roma, como por un azar del destino, la primera se ofrecía otra vez entre sus ruinas para servir de guía para la posteridad.
En España encontramos, al menos, dos ejemplos del razonamiento sostenido hasta ahora. Por un lado, en el siglo XVII, coincidiendo con el final de la dinastía de los austrias y con nuestra primera decadencia, se manifiesta nuestro siglo de oro de las letras y las artes. Por otro, al final del siglo XIX la generación del 98 se alza para tomar conciencia de la situación del país y aportar ideas para reconducirlo hacia una regeneración política y cultural.
Si todo esto fuera mínimamente cierto, a fuerza de buscar un hilo de esperanza, en la actual crisis que percibimos se estaría gestando un camino, que posiblemente no alcanzamos ni a intuir ni a comprender. Quizá, con un poco de suerte, sólo nos quede, cómo Nietzsche en la Gaya Ciencia, gritar aquello de ¡oh, muy vivos! ¡Nosotros, los hombres póstumos!