domingo, 18 de octubre de 2015

Y Pericles …. lloró

A la transición que se produjo en Grecia del mundo arcaico al mundo clásico, se le ha asociado la famosa frase “del mito al logos”. Con ella se logra explicar, justificar, ensalzar y representar, como si de un espejo se tratara, los orígenes de nuestra civilización occidental.
Al comenzar el siglo VI (ac), en las ciudades costeras de Mileto y Éfeso, situadas en la Grecia oriental (actual Turquía) un grupo de hombres, en adelante filósofos, definen, sin saberlo, el significado de la palabra “logos”.
Tales, Anaximandro, Anaxímenes y Heráclito, comienzan a utilizar “la palabra” de forma meditada, razonada y reflexionada. Esto da lugar a la aparición de nuevos conceptos que aún perduran, pensamiento, argumento, discurso, leyes, etc. Estamos, por tanto, en el origen de lo racional, lo que nosotros hemos traducido por “lógica”.
Los filósofos presocráticos comenzaron por “descubrir” que la “Physis” (naturaleza) se explica a sí misma por medio de sus propias leyes (logos) sin necesidad de tener que recurrir a lo trascendente o lo sobrenatural, es decir, al “mito”.
Continuando con el ideario tradicional legado hasta nuestro días, la forma política natural que le correspondería al nuevo devenir, sería, indefectiblemente, la democracia. Esta se asentaría en Atenas y sus ciudades aliadas, no sin sobresaltos y esfuerzos, en el siglo V (ac). Bertrand Russell llegó a decir que “en aquella época era posible, como en pocas más, ser a la vez inteligentes y felices”. Es evidente que nuestro autor se olvidó del final de Sócrates cuando escribió estas palabras.
En este marco, o lo que es lo mismo, en el centro del mundo de entonces, nacería el que se iba a convertir en el político de referencia de toda una época, Pericles hijo de Jantipo. Recibió y asimiló la esmerada educación que le correspondía a un aristócrata hijo de un almirante. Poseía todas las virtudes necesarias para acoplarse al momento que le tocó vivir con la naturalidad que solo los genios pueden hacerlo. Su fama, los honores recibidos y el trato que le ha otorgado la historia, hacen que una vez más, podamos decir de él, que a veces la historia se inclina ante la suerte de los mejores.
Nuestro tiempo ha convertido su nombre en sinónimo de democracia. A aquella edad de oro, algunos autores la denominan por extensión “el siglo de Pericles”. Cuando hoy nuestra civilización mira hacia aquella época, lo hace evocando la pureza de los ideales perdidos, la sabiduría de los hombres justos, el arte en su estado más puro y la libertad nunca superada.
Pericles no tuvo que morir y dejar que pasaran siglos para recibir el reconocimiento de sus conciudadanos. Incluso entonces, estos, le llamaban “el Olímpico”. No cabía mayor elogio.
En el Londres de la primera guerra mundial, los autobuses llevaban escritos algunas frases que Tucídides, en su Historia de la guerra del Peloponeso, pone en boca de Pericles en su discurso de “la oración fúnebre”:
Si accedéis en esto, al punto os impondrán alguna orden más importante, en la creencia que les habéis obedecido en esto por miedo; en cambio, si os reafirmáis, les dejareis ver bien en claro que deben dirigirse a vosotros como iguales”.
Para aquellos que sostienen que después de Grecia, no ha habido nada nuevo en nuestra civilización, debemos aceptarles que Pericles logró ser elegido durante los casi cuarenta años que duró su vida política con una gestión que podría ser homologada en nuestra democracia actual. Introdujo la paga de los soldados, los administradores y magistrados. Organizó banquetes populares, festivales, procesiones y todo cuanto demandaba para su asueto el pueblo que le elegía, y sobre todo hizo de las obras públicas el emblema de su política. Con el dinero de la Liga de Delos, las minas de plata y la hegemonía marítima inundó Atenas de edificios sagrados.
Bien se podría decir que el máximo representante de lo que hoy se denominaría “casta”, trasformó la ciudad hasta convertirla en un ejemplo de toda una civilización.  
Nuestro “héroe”, que solo pensaba en su trabajo de forma obsesiva, habría tenido una vida personal oscura y discreta, si no hubiera conocido a la mujer que, literalmente, le volvió loco. Aspasia de Mileto como hetera que era, no consta si tenía la belleza de Venus, pero si que poseía la cultura y el refinamiento de un filósofo al uso. Dejemos que sea Demóstenes quién nos sitúe el papel de estas mujeres en la sociedad griega:
“Tenemos a las heteras para el placer, a las criadas para que se hagan cargo de nuestras necesidades corporales diarias y a las esposas para que nos traigan hijos legítimos y para que sean fieles guardianes de nuestros hogares”.
En este entorno social, Pericles que presumía, como ejemplo de fidelidad que “besaba a su mujer al despedirse y al volver de su labor política”, se divorció con elegancia y con la misma, invitó a su hetera a compartir todo lo suyo con la pasión de un adolescente.
A partir de entonces su casa fue objeto de todas las críticas. Sus enemigos, que eran muchos, no dudaron en utilizar a Aspasia para intentar menoscabar su merecida preeminencia democrática. Se le acusó incluso de utilizar a su hetera para que ésta le buscase amigas con quién compartir su “lujuria infinita”. Ciertamente cuesta imaginar todo este tipo de hechos en un hombre como Pericles.
Se dijo incluso que inició la guerra contra Samos para complacer a su nueva compañera y compensarla en un asunto personal. Algo así como el secuestro de unas empleadas suyas en un “lupanar“ que regentaba en la isla.
Fiel a nuestra tesis, según la cual, aquella democracia y la nuestra serían, mas o menos, como espejos en cuanto a virtudes y defectos, las comedias se utilizaban para menoscabar la autoridad moral de cualquiera, para entendernos como nuestra actual prensa rosa.
El cómico Aristófanes, en "Los Acarnienses" (versos 524 y siguientes) pone en boca de su personaje Dicépolis esta acusación de que Aspasia fue la inductora y la culpable de que Pericles promulgara el "decreto Megárico" (433-432 a.C.) por el que se prohibida todo comercio con la ciudad de Mégara:
“…los megarenses, excitados por la rabia como por una dieta de ajo, raptaron a dos putas de Aspasia. Y de aquí́ estalló el comienzo de la guerra para todos los griegos: por dos putillas. Desde ese momento el Olímpico Pericles se puso a relampaguear, a tronar, a alborotar a Grecia y a dar leyes escritas como escolios: que los megarenses ni en tierra ni en el mercado sean admitidos”.
Aquel político, ya mayor, con su cabeza de huevo y su seriedad rayando la severidad, es mas fácil imaginarlo embelesado ante una mujer como Aspasia que reunía juventud e inteligencia por partes iguales.
El asunto se complicó cuando el poeta cómico Hermipo, porque todas las democracias tienen su Wyoming, acusó directamente a Aspasia de tener un burdel. Peor aún de haber convertido su casa en un burdel en el que se prostituían mujeres libres de las que habría gozado el propio Pericles.
La acusación se disfrazó de “impiedad”. Diopites hizo también decreto para que denunciase a los que no creían en las cosas divinas, o hablaban en su enseñanza de los fenómenos celestes. Esta era la acusación más grave que conocía la polis de Atenas.
Nos cuenta Plutarco que Pericles asumió él mismo la defensa de Aspasia consiguiendo su completa absolución. ¿Qué argumentos utilizó ante aquellos mil quinientos jueces que esperaban sus palabras con auténtica expectación:


Se puso de rodillas, imploró por Aspasia y sobre todo ….. lloró.

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