Y
Pericles …. lloró
A la transición que se produjo en Grecia
del mundo arcaico al mundo clásico, se le ha asociado la famosa frase “del mito
al logos”. Con ella se logra explicar, justificar, ensalzar y representar, como
si de un espejo se tratara, los orígenes de nuestra civilización occidental.
Al comenzar el siglo VI (ac), en las
ciudades costeras de Mileto y Éfeso, situadas en la Grecia oriental (actual
Turquía) un grupo de hombres, en adelante filósofos, definen, sin saberlo, el
significado de la palabra “logos”.
Tales, Anaximandro, Anaxímenes y
Heráclito, comienzan a utilizar “la palabra” de forma meditada, razonada y
reflexionada. Esto da lugar a la aparición de nuevos conceptos que aún
perduran, pensamiento, argumento, discurso, leyes, etc. Estamos, por tanto, en
el origen de lo racional, lo que nosotros hemos traducido por “lógica”.
Los filósofos presocráticos comenzaron
por “descubrir” que la “Physis” (naturaleza) se explica a sí misma por medio de
sus propias leyes (logos) sin necesidad de tener que recurrir a lo trascendente
o lo sobrenatural, es decir, al “mito”.
Continuando con el ideario tradicional
legado hasta nuestro días, la forma política natural que le correspondería al
nuevo devenir, sería, indefectiblemente, la democracia. Esta se asentaría en
Atenas y sus ciudades aliadas, no sin sobresaltos y esfuerzos, en el siglo V
(ac). Bertrand Russell llegó a decir que “en
aquella época era posible, como en pocas más, ser a la vez inteligentes y
felices”. Es evidente que nuestro autor se olvidó del final de Sócrates
cuando escribió estas palabras.
En este marco, o lo que es lo mismo, en
el centro del mundo de entonces, nacería el que se iba a convertir en el
político de referencia de toda una época, Pericles hijo de Jantipo. Recibió y
asimiló la esmerada educación que le correspondía a un aristócrata hijo de un
almirante. Poseía todas las virtudes necesarias para acoplarse al momento que le
tocó vivir con la naturalidad que solo los genios pueden hacerlo. Su fama, los
honores recibidos y el trato que le ha otorgado la historia, hacen que una vez
más, podamos decir de él, que a veces la historia se inclina ante la suerte de
los mejores.
Nuestro tiempo ha convertido su nombre
en sinónimo de democracia. A aquella edad de oro, algunos autores la denominan
por extensión “el siglo de Pericles”. Cuando hoy nuestra civilización mira
hacia aquella época, lo hace evocando la pureza de los ideales perdidos, la
sabiduría de los hombres justos, el arte en su estado más puro y la libertad
nunca superada.
Pericles no tuvo que morir y dejar que
pasaran siglos para recibir el reconocimiento de sus conciudadanos. Incluso
entonces, estos, le llamaban “el Olímpico”. No cabía mayor elogio.
En el Londres
de la primera guerra mundial, los autobuses llevaban escritos algunas frases
que Tucídides, en su Historia de la guerra del Peloponeso, pone en boca de
Pericles en su discurso de “la oración fúnebre”:
“Si
accedéis en esto, al punto os impondrán alguna orden más importante, en la creencia
que les habéis obedecido en esto por miedo; en cambio, si os reafirmáis, les
dejareis ver bien en claro que deben dirigirse a vosotros como iguales”.
Para aquellos que sostienen que después
de Grecia, no ha habido nada nuevo en nuestra civilización, debemos aceptarles
que Pericles logró ser elegido durante los casi cuarenta años que duró su vida
política con una gestión que podría ser homologada en nuestra democracia
actual. Introdujo la paga de los soldados, los administradores y magistrados.
Organizó banquetes populares, festivales, procesiones y todo cuanto demandaba
para su asueto el pueblo que le elegía, y sobre todo hizo de las obras públicas
el emblema de su política. Con el dinero de la Liga de Delos, las minas de
plata y la hegemonía marítima inundó Atenas de edificios sagrados.
Bien se podría decir que el máximo
representante de lo que hoy se denominaría “casta”, trasformó la ciudad hasta
convertirla en un ejemplo de toda una civilización.
Nuestro “héroe”, que solo pensaba en su
trabajo de forma obsesiva, habría tenido una vida personal oscura y discreta,
si no hubiera conocido a la mujer que, literalmente, le volvió loco. Aspasia de
Mileto como hetera que era, no consta si tenía la belleza de Venus, pero si que
poseía la cultura y el refinamiento de un filósofo al uso. Dejemos que sea
Demóstenes quién nos sitúe el papel de estas mujeres en la sociedad griega:
“Tenemos
a las heteras para el placer, a las criadas para que se hagan cargo de nuestras
necesidades corporales diarias y a las esposas para que nos traigan hijos
legítimos y para que sean fieles guardianes de nuestros hogares”.
En este entorno social, Pericles que
presumía, como ejemplo de fidelidad que “besaba a su mujer al despedirse y al
volver de su labor política”, se divorció con elegancia y con la misma, invitó
a su hetera a compartir todo lo suyo con la pasión de un adolescente.
A partir de entonces su casa fue objeto
de todas las críticas. Sus enemigos, que eran muchos, no dudaron en utilizar a
Aspasia para intentar menoscabar su merecida preeminencia democrática. Se le
acusó incluso de utilizar a su hetera para que ésta le buscase amigas con quién
compartir su “lujuria infinita”. Ciertamente cuesta imaginar todo este tipo de
hechos en un hombre como Pericles.
Se dijo incluso que inició la guerra
contra Samos para complacer a su nueva compañera y compensarla en un asunto
personal. Algo así como el secuestro de unas empleadas suyas en un “lupanar“
que regentaba en la isla.
Fiel a nuestra tesis, según la cual,
aquella democracia y la nuestra serían, mas o menos, como espejos en cuanto a
virtudes y defectos, las comedias se utilizaban para menoscabar la autoridad
moral de cualquiera, para entendernos como nuestra actual prensa rosa.
El cómico Aristófanes, en "Los
Acarnienses" (versos 524 y siguientes) pone en boca de su personaje
Dicépolis esta acusación de que Aspasia fue la inductora y la culpable de que
Pericles promulgara el "decreto Megárico" (433-432 a.C.) por el que
se prohibida todo comercio con la ciudad de Mégara:
“…los
megarenses, excitados por la rabia como por una dieta de ajo, raptaron a dos
putas de Aspasia. Y de aquí́ estalló el comienzo de la guerra para todos los
griegos: por dos putillas. Desde ese momento el Olímpico Pericles se puso a
relampaguear, a tronar, a alborotar a Grecia y a dar leyes escritas como
escolios: que los megarenses ni en tierra ni en el mercado sean admitidos”.
Aquel político, ya mayor, con su cabeza
de huevo y su seriedad rayando la severidad, es mas fácil imaginarlo embelesado
ante una mujer como Aspasia que reunía juventud e inteligencia por partes
iguales.
El asunto se complicó cuando el poeta
cómico Hermipo, porque todas las democracias tienen su Wyoming, acusó
directamente a Aspasia de tener un burdel. Peor aún de haber convertido su casa
en un burdel en el que se prostituían mujeres libres de las que habría gozado
el propio Pericles.
La acusación se disfrazó de “impiedad”. Diopites
hizo también decreto para que denunciase a los que no creían en las cosas
divinas, o hablaban en su enseñanza de los fenómenos celestes. Esta era la
acusación más grave que conocía la polis de Atenas.
Nos cuenta Plutarco que Pericles asumió
él mismo la defensa de Aspasia consiguiendo su completa absolución. ¿Qué
argumentos utilizó ante aquellos mil quinientos jueces que esperaban sus
palabras con auténtica expectación:
Se
puso de rodillas, imploró por Aspasia y sobre todo ….. lloró.
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