miércoles, 3 de diciembre de 2014

Arístides el justo

Arístides, había sido designado por sorteo, junto con otros nueve generales, para liderar el ejército que debía enfrentarse a las tropas persas en la primera batalla de las guerras médicas. Por una cuestión de azar, tal y como lo habían instituido, primero  Solón y después Clístenes, la incipiente cultura occidental hubiera caminado hacía una de las mayores catástrofes que podría haber conocido en su historia.
Nuestro protagonista, que iba a ser un hombre justo, después de una noche de insomnio y meditación en la que aceptó su propia limitación, decidió con un golpe de honestidad, entregar la dirección de la batalla, al que en principio iba a ser, también por sorteo, su segundo en la gesta y al que hasta entonces había sido su enemigo político más declarado. Milcíades, que no solo se sentía preparado, sino que además, así era en realidad, condujo al ejército de Atenas a la victoria de Maratón. La fama del general vencedor y la muerte “para siempre”, del extenuado Fedípides, ensombrecieron a nuestro hombre justo, que aceptado su papel secundario en la gesta, fue fiel a sí mismo y se limitó a impedir  como custodio, el saqueo de los enseres y tesoros del vencido para entregarlos intactos al gobierno.
Los ciudadanos de Atenas, que ya intuían que Arístides era un hombre justo, le nombraron “arconte epónimo” por un año. Que era algo así como una mezcla de primer ministro y ministro de hacienda y justicia a la vez.
Al fundarse  la Liga de Delos, que es el primer intento de unión de lo que sería Europa, fueron a buscarlo porque la tarea de buscar unas normas de entendimiento y, aún peor, una hacienda justa, sólo podía ser tarea para nuestro arconte.
Cuando hubo terminado su trabajo, y aunque parezca mentira, todos los miembros de la Liga de Delos quedaron contentos con su forma de asignar los impuestos para la financiación de la misma. Para entonces ya se ganó, esta vez de forma pública, el apelativo de Arístides “el Justo”.
Una noche que asistía al teatro, un actor declamaba unos versos de Esquilo: “El no pretende parecer justo sino serlo. Y de su ánimo no germinan, como trigo de fértil gleba, más que sabiduría y mesura”. Todo el anfiteatro, de forma instintiva,  volvió la cabeza hasta encontrarlo con la mirada. Atenas le había identificado, era Arístides “el Justo”.
La mala fortuna quiso que se enfrentara, política y personalmente, con el hombre fuerte del momento. A pesar de representar al partido “conservador” de entonces y ser enemigo político de Temístocles, parece ser, que la rivalidad se enconó por el amor de Estesilao de Ceo, incluso se agravó después de la muerte de éste. El poder y el eros, la política y el sexo, se funden a lo largo de la historia, a veces, para explicar sin grandes teorías, lo inexplicable.
Fuera por una razón, por otra o por las dos, su enemigo era un hombre con la capacidad necesaria para saber decir a quien le quisiera escuchar lo que quería oír. Para con una mirada escudriñar su auditorio y como un encantador de serpientes dirigir sus voluntades hasta fundirlas con las suyas. En boca de Temístocles, la erudición, la demagogia y la dialéctica, se convertían en un arma demoledora para la labor política de la asamblea. Si bien su inteligencia y sus demás virtudes estaban al servicio de Atenas, su propio beneficio, político y económico, acompañaban a todas sus decisiones. Sus métodos los utilizó para acuñar la primera noción de la ideología que amenazará a la democracia para siempre, el populismo. Mas tarde Aristóteles, se referiría a este fenómeno, con una afirmación demoledora, “ahora quienes dirigen al pueblo son los que saben hablar” (Política, V)
Así las cosas, Arístides “el justo” no sólo era su enemigo político, era un muro infranqueable para su ambición. Y él lo sabía. Para librarse de él, no tuvo más remedio que poner en marcha el mecanismo que resultaba más cruel para un hombre público “el ostracismo”. Reunidos los ciudadanos al pié de la colina del barrio del  “Cerámico” recogían los restos de las vasijas (ostracón) para manifestar su voluntad, escribiendo el nombre del cuestionado.
Dejemos que sea Plutarco quien nos describa aquel suceso tal y como lo hace en Vidas Paralelas (tomoIII):
“Estaban en esta operación de escribir su voto en el ostracón, cuando se dice que un hombre del campo, que no sabía escribir, dio la concha a Arístides, a quien casualmente tenía a mano, y le encargó que escribiese Arístides; y como éste se sorprendiese y le preguntase si le había hecho algún agravio: “Ninguno- respondió-, ni siquiera lo conozco, sino que ya estoy fastidiado de oír continuamente que le llaman el justo”; y que Arístides, oído esto, nada le contestó, y escribiendo su nombre en la concha, se la volvió. Desterrado de la ciudad, levantando las manos al cielo, hizo una plegaria enteramente contraria a la de Aquiles, pidiendo a los Dioses que no llegara tiempo en que los Atenienses tuvieran que acordarse de Arístides”.
Al cabo de tres años le perdonaron para que pudiera regresar. Ya asomaba Jerjes por la Tesalia. Atenas iba a necesitar sus servicios.
Platón, teniendo por grandes y dignos a muchos atenienses, dice que sólo Arístides  es digno de memoria, porque Temístocles, Cimón y Pericles llenaron la ciudad de pórticos, de riquezas y de muchas superfluidades, y sólo Arístides la inclinó con su gobierno a la virtud.
Aquel voto, en aquel ostracón, se convertirá en la nube que acompañará a todas las democracias que en el mundo han sido.

Incluso hoy, podemos imaginarlo.

sábado, 8 de noviembre de 2014

Cataluña ¿y ahora qué?

Al actual órdago independentista que ha lanzado el gobierno de la Generalitat de Cataluña, responde la sociedad española, que no el Estado, básicamente de dos formas. Una, pensando que lo mejor es no hacer nada porque todo esto es un farol y otra, lanzando razones históricas, económicas o legales que, al parecer, y dada la rotundidad de los argumentos, deberían ser suficientes para que los partidarios de la independencia entraran en una fase de lucidez que les recondujera al sentido común.

A los primeros, que son legión, convendría recordarles que su postura, no sólo es la más extendida y la más estéril, sino que hasta fue bendecida en sede parlamentaria hace muchos años, seguro que suena la música:

“Pues bien, señores; yo sostengo que el problema catalán, como todos los parejos a él, que han existido y existen en otras naciones, es un problema que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar, y al decir esto, conste que significo con ello, no sólo que los demás españoles tenemos que conllevarnos con los catalanes, sino que los catalanes también tienen que conllevarse con los demás españoles.” Ortega y Gasset, Discurso sobre el Estatuto de Cataluña, Sesión de las Cortes del 13 de mayo de 1932  

A los segundos, a los beligerantes, a aquellos que esgrimen razones de todo tipo para que, a la vista de las mismas, los nacionalistas abandonen sus falaces argumentos, solo cabe decirles que, de las tres respuestas anteriormente citadas, la histórica resulta, a pesar de lo que pueda parecer a simple vista, la más inútil de todas. Conferir a la Historia un carácter paradigmático, suele ser uno de los principios de todas las locuras políticas. Acercarse a esta ciencia sin la debida humildad y sin un cierto escepticismo, nos empuja irremediablemente a convertirla, como decía Popper, en algo miserable.

No obstante lo anterior, y para los recalcitrantes históricos, bueno será recordarles según Carlos Miralles en su libro “Memorias de un comandante rojo”, la pancarta que colgaron las brigadas de la FAI, el 4 de mayo de 1937, en el barrio de Sants, frente a la mismísima Plaza de España: “República Independiente de Murcia. Aquí termina Cataluña. Prohibido hablar en catalán”. Esta claro que este camino no nos lleva a ningún sitio salvo a debates tan interminables como inútiles.

La solución hay que buscarla en la política. En este sentido convendría aceptar, aunque solo fuera para entender algo del asunto, que los nacionalistas no engañan, ni han engañado nunca a nadie, salvo a aquellos que se han querido engañar, en unos casos, por un “buenismo” mal entendido y en otros por intereses inconfesables. Todos los gobiernos de Cataluña, exceptuando el primer gobierno de Josep Tarradellas, han dirigido todo su esfuerzo y  su política a identificar un territorio con una nación para que el siguiente paso sea aducir que a una Nación le corresponde un Estado. Este objetivo, tan evidente como inalterable, se ha fundamentado en dos pilares, el dinero y la absoluta inacción del Estado español.

El análisis político que han hecho los sucesivos gobiernos nacionales desde la transición hasta el momento actual, se ha basado en creer que el problema catalán se resolvía con dinero. Y ésta será la respuesta si, definitivamente, se confirma la vía de la negociación. Dicho de otro modo y continuando con el argumento anterior, “más nación y mañana ya veremos”.

Si esta afirmación estuviera acertada, nos llevaría a la primera conclusión, a saber, el problema lo han creado los “no nacionalistas” y les corresponde a ellos, si es que son capaces a estas alturas, intentar resolverlo.

Aunque hasta ahora, todo se haya hecho mal, por la razón que sea y con el gobierno que sea, debemos estar preparados para saber qué hacer, si no se conforman esta vez con dinero, es decir, en caso de la quiebra de la legalidad.

La simple apelación a que el referéndum “no es legal”, que es la frase más pronunciada últimamente, no sirve ni como argumento, ni como advertencia. Debe contestarse con los artículos de la normativa legal vigente que se les va a aplicar, desde el primero hasta el último. Y no estaría de más, terminar como con los niños chicos “quedáis advertidos”. Eso o tirar la toalla con cierta dignidad.

A pesar de lo que pueda parecer desde las posturas “oficiales”, tan de moda últimamente, los cambios de legitimidad desde la legalidad son mucho más infrecuentes que al revés, es decir, cambiar la legitimidad, con un golpe de fuerza, para después alumbrar una nueva legalidad que responda a la nueva situación. El ejemplo más reciente lo tenemos en  Ucrania, donde después de un punch político se bendice la nueva situación por toda la comunidad política occidental.

Es cierto que esta última postura, sin apoyo exterior, es como hacer rayas en el agua, ya lo ha advertido hace poco Artur Mas viendo la que se le viene encima, pero no olvidemos que tratamos con una situación totalmente enajenada y adulterada por las élites políticas de turno a lo largo de los últimos treinta años. Digámoslo claro, o se ha vuelto locos o no han medido las consecuencias de sus actos o tienen una estrategia tan peculiar que no se puede alcanzar a entender sin ser catalán. Incluso con su razonamiento y contando con la postura  “tancredista” del estado español, se han adelantado quince o veinte años. Sin la debida homogeneidad lo único que seguro conseguirán será la quiebra social de la sociedad catalana.

No estaría de más preguntarnos como Zavalita sentado en la puerta de “la catedral” ¿Pero cuando se jodió el Perú? Pues se jodió el día que un ayuntamiento decidió unilateralmente, y como no “democráticamente”, no poner la bandera española en la fachada y no pasó nada. En la política, el principio del fin suele ser no aplicar una ley, en lugar de cambiarla.


Había un profesor en la Facultad de Políticas que ante estas situaciones siempre usaba la misma frase “leña al mono hasta que hable inglés”. Pues eso.